El poder del mono
Sin afán alburero, el revuelo que causó la semana antepasada la portada de la revista española El Jueves, en la que se mostraba al PrÃncipe de Asturias dándole de a perraco, por decirlo en términos finos, a doña Letizia me dejó pensando en la fuerza e impacto que un trazo de tinta sobre papel (o un pixel sobre la pantalla, si trabajas en métodos digitales) puede tener.
El asunto fue comentado ampliamente dentro y fuera de España. Se trajo a colación las tristemente célebres caricaturas de Mahoma que publicara un diario escandinavo que cuasaron violentas reacciones en el mundo árabe. Se cuestionó la libertad de expresión, la responsabilidad de los medios y hasta el “dudoso gusto” (sic) del autor de la caricatura ( a quien curiosamente, igual que a los moneros daneses, prácticamente no se las llamó por su nombre en ninguna nota).
Todo este preámbulo por dos cosas que me interesan:
1) Nunca dejará de sorprenderme la fuerza subversiva de la caricatura, capaz de recetarle a los poderosos rabietas espectaculares, aun en la España moderna y democrática del siglo XXI, y…
2) El poder que tienen los monitos en nuestras vidas, que no es poco.
Y es que la anécdota me recordó algo que atestigué en Guadalajara hace unos años.
Estaba invitado a un festival de cómics, de esos que son como un tianguis en un parque. Îbamos varos colegas del DF, Monterrey y la propia Guadalajara (Chili, Llarena, Rulo Treviño, Nuk 9 entre otros).
Como autor nos habÃan asignado un stand en el que podÃamos vender nuestros libros. Yo llevaba el recién publicado Pulpo Cómics.
Para quien nunca haya ido a una feria de este tipo, baste decir que normalente son eventos organizados por entusiastas del cómic, el manga y los videojuegos que suelen ser más bienintencionados que duchos en logÃsitica. Este caso no fue la excepción, el festival acabó convertido en una romerÃa, con puestos de vendendores de juguetes y gente disfrazada deambulando por ahÃ. Lo interesante fue la plática con los colegas.
El asunto es que estaba yo sentado ahÃ, haciendo por enésima vez la doble función de creador-editor y vendedor de mi producto (esos dÃas, afortunadamente han quedado atrás) cuando se me acercaron dos niños.
No los vi llegar. Estaba tecleando en la computadora (eran los últimos dÃas antes de que terminara de escribir Tiempo de alacranes) cuando escuché una vocecita:
“Oiga, señor.”
Levanté la mirada. Eran dos niños de la calle (el festival era en un parque).
“¿No vio pasar por aquà al hombre araña?”
“SÃ, se fue por allá”, y les señalé por dónde.
Al poco rato, los dos chiquitos pasaron frente a mi puesto de nuevo. Iban tomados de la mano del Hombre Araña. No se le despegaron en todo el dÃa. Y, por lo menos durante unas horas, un héroe salido de los cómics y las caricaturas los hizo sentirse protegidos.
Cómo lamenté no llevar una cámara fotográfica.

Agosto 3rd, 2007 at 6:15 am
Oiga… ¿no ha visto a Batman, por ahÃ? Es que lo và pasando…