Nerdómetro
Saturday, January 26th, 2008![]() |
I received 71 credits on The Sci Fi Sounds Quiz How much of a Sci-Fi geek are you? |
| Quiz by SheGoddess: Lose weight | |
No sé si estar orgulloso o avergonzado…
![]() |
I received 71 credits on The Sci Fi Sounds Quiz How much of a Sci-Fi geek are you? |
| Quiz by SheGoddess: Lose weight | |
No sé si estar orgulloso o avergonzado…

Es la ciudad de México, ayer, cuando fue azotada por un ventarrón (foto de Yazmín Ortega).

Hace poco decía mi admirado Rogelio Villarreal que los estentóreos contraculturales mexicanos había leido poco al recientemente fallecido Kurt Vonnegut.
Algo similar les sucede con Philip K. Dick (1928–1982), novelista norteamericano reconocid por propios y extraños como uno de los más importantes narradores anglosajones de la segunda mitad del siglo XX.
Stanislav Lem solía decir que Dick era el único escritor de ciencia ficción norteamericana que valía la pena leer (le llamaba “un visionario entre charlatanes”). La escritora y crítica Ursula K. Le Guin incluso llegó a decir que Dick era el Borges norteamericano.
Si bien no creo que sea para tanto (afortunadamente no creo que haya un Borges gringo ni un Capote argentino), estoy convencido de la gran calidad literaria de Dick.
Nacido en Chicago el mismo año que Carlos Fuentes, Philip Kindred Dick tuvo una hermana gemela que murió a los pocos días del alumbramiento lo cual marcó al autor para toda su vida.
Matriculado en la Universidad de California en Berkeley para estudiar alemán, el joven Dick fue un voraz lector de filosofía, así como de autores como Flaubert, Balzac, Proust, Dostoyevsky y el propio Borges, entre muchos otros.
La intención de Dick era convertirse en un literato formal. Sin embargo, no pudo vender en vida ninguna de sus novelas serias con excepción de una (Confessions of a Crap Artist). Pero tras vender en 1952 su primer cuento a una revista de ciencia ficción, el autor pareció condenar su carrera a ese ghetto que en palabras de Vonnegut “algunos críticos confunden con un urinal.”
La trayectoria de Philip en el ámbito de la ciencia ficción no fue nada desdeñable. A poco más de diez años de publicar su primer cuento la novela The Man In The High Castle, sobre la vida cotidiana en una Norteamérica en la que los nazis ganaron la segunda guerra mundial, ganó el Premio Hugo, máximo galardón en el medio cienciaficcionero. Contaba con –gulp– 35 años, la edad que yo tengo ahora.
Su obra puede calificarse sin reservas de monumental. Escribió 50 novelas y decenas de cuentos cortos compilados en cinco voluminosos tomos. La más famosa de ellas, al menos para el gran público, es Do Androids Dream Of Electric Sheep? que dio pie a la adaptación conocida como Blade Runner.
Curiosamente, el arrogante Ridley Scott nunca ha tenido empacho en decir que no leyó el libro para hacer la película. Digo curiosamente por que la cinta es altamente dickiana.
Durante toda su vida Dick sufrió ataques de angustia y desequilibrios emocionales. Permanentemente cruzó hacia ambos lados de la línea que divide la sanidad de la demencia. La tesis fundamental de su obra, al menos una de ellas, es que nada es lo que parece. En una historia típicamente dickiana, varios planos se superponen unos sobre otros en una especie de frágil multiverso que puede derrumbarse al menor soplo, como un castillo de naipes.
Como era de suponer, la vida de Dick fue caótica, fiel reflejo de su obra Se casó y divorció cinco veces a lo largo de su vida y alguna vez pisó el manicure.
Ahora bien, ¿qué hace tan importante como escritor a este pintoresco personaje? No pocos críticos han visto una de las semillas de la posmodernidad plantada en varias de sus novelas.
Personalmente confeccionaría un ramillete que incluyera los libros ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Tiempo de Marte, El hombre en el castillo, Laberinto de muerte y Fluyan mis lágrimas dijo el policía, todos ellos traducidos al español y medianamente fáciles de conseguir.
Dick escribe, lo he dicho muchas veces, novelas costumbristas sobre mundos raros. En ellas, la realidad se presenta frágil e inestable, nada es lo que parece y los personajes se ven expuestos a situaciones que hicieron decir al propio Dick “no me gustaría vivir en ninguna de mis novelas”.
Niños psíquicos que viven en Marte, vendedores de antigüedades americanas en la Norteamérica dominada por los japoneses, celebridades de la televisión que de pronto pasan a un universo paralelo donde ni siquiera existen, una expedición espacial que es mantenida soñando realidades virtuales para paliar las inclemencias del viaje estelar, y el consabido detective que caza replicantes, entre muchos otros, son personajes y situaciones que deambulan por las páginas de sus libros.
Alejado de las fantasía militaristas de Robert Heinlein y de la árida prosa tecnofetichista de Isaac Asimov, Dick logró dar dimensión humana y universal a personajes absurdos metidos en situaciones extremas. Sumergirse en una de sus novelas es meterse de lleno en una universo alucinante donde las leyes de la física parecen permutarse por otras, más extrañas y crueles.
Este año, Dick hubiera cumplido 80 años, fecha que seguramente no pasará desapercibida para su legión de leales lectores que crece un poco año con año.
¿Andas buscando algo interesante que leer? ¿Te gustaría variarle a la dieta de autores conocidos? Te recomiendo entonces que busques una novela de Philip K. Dick en tu librería más cercana y la leas. Te prometo que no te decepcionará.
Y si lo hace, avísenme para ir juntos a romperle la cara, donde quiera que esté…
UPDATE: En escritor Gerardo Porcayo, conocido como el Lobo entre sus amigos, escribió recientemente una sentida entrada en su blog sobre Dick, quien hubiera cumplido 79 años el pasado 16 de diciembre. Vale la pena darle una leida.
Y aquí un link francamente ilegal en el que se puede descargar prácticamente toda la obra de Philip K. Dick (en español). No digan que yo se los di.

Tengo la teoría de que el futuro n0s alcanzó hace 25 años.
En 1982 se estrenó en los cines Blade Runner, cinta dirigida por el aún joven cineasta Ridley Scott, basada en una novela de Philip K. Dick que llevaba el estrambótico título de Sueñan los robots con ovejas eléctricas y protagonizada por Harrison Ford, el cínico favorito de la generación Star Wars.
Clásico del cine, Blade runner es una cinta compleja en la que se narra las peripecias de un detective del futuro, Rick Deckard, especializado en dar caza a Replicantes, androides creados in vitro para dar realizar las labores más pesadas o humillantes. Un grupo de ellos escapa de una colonia espacial y llegan a Los Ángeles. Deckard debe “retiralos”, eufemismo utilizado para decir que debe matarlos a sangre fría.
Deslumbrante desde la primera escena, en que vemos el horizonte angelino tapizado de luces, el cielo surcado por spinners, especie de patrullas policiacas voladoras, Blade Runner no sólo le voló la cabeza a quienes la vimos en los ochenta (yo era niño y la primera vez no entendí nada). Además de lo anterior, la cinta es la visión más acabada que mi generación tiene del futuro.
Es necesario poner un poco de contexto. Antes de Blade Runner, las cintas futuristas eran parecidas a Rollerball o Soylent Green. Excesivamente setenteras, permeadas por la estética disco.
Blade Runner echa mano del cine noir de los cuarenta y los cómics europeos de Bilal y Moebius a partes iguales. En lugar de mostrar ciudades llenas de rascacielos luminosos al estilo de los Supersónicos, aquí se muestra un paisaje urbano decadente y asfixiante.
Sucedieron dos curiosos fenómenos. El primero es que el resto de la década pareció copiar su aspecto (o look como dicen los sajones) a las imágenes de la película. Los ochenta se parecieron a Blade Runner y no al revés. La vida imitaba el arte.
El otro: desde entonces, el cine fue incapaz de volver a imaginar el futuro. Todas las cintas futuristas que vinieron desde entonces parecen derivar de la película de Ridley Scott. Vengan ejemplos: Akira, Matrix, Ghost In The Shell, Minority Report y hasta Coruscant, el planeta ciudad de la serie de Star Wars.
Hace poco le puse la película a mis alumnos. Su ritmo lento ahuyentó a algunos cuantos. Pero la película entusiasmó a las personas correctas, quienes pese a haber nacido después de su estreno lograron emocionarse como hice yo, hace ¡ay! tantos años.
Ridley Scott estaba destinado a convertirse en un artesano de Hollywood, con algunas cintas interesantes pero sin volver a las dimensiones de esta película o de Alien. Philip K. Dick no viviría para ver el estreno, murió poco antes. Y Harrison Ford… Bueno, volvió al personaje de Indiana Jones.
Lo que me gustaría saber es ¿seremos capaces de volver a imaginar el futuro? ¿Alguien allá afuera sabe cómo se ve el año 2020?
(Más sobre Philip K. Dick en el siguiente post…)
Como ya no puedo seguir pretextando ninguna fiesta para no trabajar, he tenido que volver a la cotidianidad. Agradezco a todos los amigos y amigas que enviaron es estos días felicitaciones y parabienes, que como saben, son correspondidos con los mejores deseos de su servidor.
Ni modo, a chambear
A estas alturas, cualquier balance de lo mejor y peor del año es anacrónica. Quiero sólo dar cuenta de tres noticias que son viejas ya, pero no quiero dejar pasar por el período de vacaciones.
Julio Galán en el MARCO

A manera de homenaje póstumo, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, uno de los mejores recintos culturales de este país,tuvo una muestra retrospectiva del prematuramente fallecido Julio Galán. La expo, titulada Pienso en ti juntó cerca de cien cuadros de un período de alrededor de 25 años. Las inquietantes imágenes de Galán cubrieron los muros de este bello museo (que lamenteblemente muchos regios sólo conocen porque se renta para hacer recepciones de lujo como bodas o graduaciones del TEC). Se clausuró el 6 de enero, pero hay a la venta un catálogo que si bien es algo caro, no tiene desperdicio y vale la pena comprarlo (aunque debo decir que me parece que el diseño se quedó algo corto frente a la riqueza visual de las imágenes).
Diarios de Festival

Mi amigo y colega Ángel de la Calle, talentoso comiquero gijonés, lanzó en diciembre el segundo volumen de sus Diarios de Festival, recopilación autobiográfica en formato de historieta de sus peripecias al frente, junto a Paco Ignacio Taibo II, de la Semana Negra de Gijón. Autor de una magnífica biografía de Tina Modotti en formato de cómic (que al parecer se publicará pronto en México), De la Calle es un narrador nato de un tono melancólico que no pocas veces conmueve profundamente al lector. En España el libro está distribuido por SD e Infolibro. Para los que vivimos fuera de la Madre Patria, les sugiero mandar un mail al propio Ángel a angeldelacalleh(arroba)telefonica(punto)net. Díganle que escriben de parte mía.
Une saison des scorpions

Pues sí, es inminente la aparición de e edición francesa de mi novela, Tiempo de alacranes. Si todo sale bien, para inicios de febrero deberá estar en las librerías de París. Ya les daré más detalles, cuando los tenga. Por lo pronto, estoy muy contento.
Muchos saludos y los mejores deseos de esta blogueador para el 2008.