(Pido una disculpa por la tardanza para continuar esta serie de posts y continúo):
El futuro es hoy. La digitalización y el mercado global nos ha alcanzado y ya seas un campesino en Veracruz, un músico en Bruselas o un escritor en Nairobi, afectará tu vida. Para bien y para mal.
En el campo de los cómics, tan retrógrado y ludista como hemos visto, esta nueva revolución industrial no sólo ha afectado la manera en que trabajamos, sino que poco a poco irá cambiando la manera en que distribuimos nuestro trabajo. Si es que no lo hace de sopetón.
Ya mi amigo Gerardo Horacio Porcayo, escritor de ciencia ficción, se preguntaba a inicio de los 90 cómo habría de modificar la internet la manera en que el creador es retribuido por su trabajo. Con pesimismo, Porcayo preveía que cada vez sería más difícil para un escritor obtener una ganancia económica por su trabajo.
Ello en caso de seguir el esquema editorial tradicional, el mismo que ha seguido la industria durante siglos. Aquel en el que se venden átomos y no bits, como plantea Nicholas Negroponte en su libro Ser digital (Being Digital, 1995). Hemos llegado al momento en el que se venden contenidos y no objetos.
Muchos creadores brincarán. ¿Cómo abandonar los formatos y canales de distribución tradicionales que hemos utilizado durante más de 100 años? ¿Cómo puedo vivir si regalo mi trabajo en la internet?
Preguntas legítimas, sin duda. Pero como dijera Bob Dylan, “The Times They Are a-Changin”, los tiempos están cambiando y si los creadores, moneros, comiqueros, caricaturistas, guionistas y coloristas no estamos atentos, nos quedaremos fuera de un mercado competitivo y feroz (y, ojo, también los escritores, no olviden que dobleteo gremio).
Dudo que lo impreso desaparezca. Pero estoy convencido de que la manera en que se vende y distribuye habrá de transformarse profundamente. El mercado editorial tendrá también que dejar de vender átomos para ofertar bits. No, no creo que los libros desaparezcan. Lo que pienso es que se volverán objetos para conocedores, coleccionistas y bibliófilos mientras que el grueso de la población migrará a los formatos digitales. Lo mismo, exactamente, que le sucedió a los LPs.
No nos alarmemos. El mercado del libro seguirá existiendo mientras haya compradores. Pero aun cuando corriera a comprar la úlitma novela de Robert Crais, quizá no me caería mal poderla bajar por el mismo precio del website del autor para traerla en un lector digital, similar al iPod, en el que pudiera llevar decenas y hasta cientos de libros al mismo tiempo.
En este aparato podría ajustar el tamaño de la tipografía y el contraste con el fondo e incluso marcar mis pasajes favoritos. No suena mal, y si no ha cundido masivamente (pese a los que ya hay en el mercado, carísimos por cierto) es, como me dice mi querido Bachan, porque no hay un formato universal como el mp3 para la música o el jpg para las fotos que unifique a estos libros digitales. Pero el libro (y la revista) digital están a la vuelta de la esquina.
En este entorno, ¿qué destino le queda al artista independiente, tradicionalmente condicionado a que una editorial le compre su trabajo y financie la impresión y distribución de la misma? Ello, a reserva de que en las librerías o los puestos de periódicos se venda.
Pues si tienes dos dedos de frente y tu mente silenciosa te permite callar un momento para escuchar un poco el entorno, la vía son los webcómics.
Como su nombre lo indica, se trata de historietas publicadas en la interne que normalmente se suben en formato de tiras, de una en una, y que se pueden consultar gratuitamente desde cualquier parte del mundo (cualquier parte del mundo que tenga acceso a internet, quiero decir, pero de cualquier forma los watusis africanos difícilmente compran revistas de cómics) y que si tienen una periodicidad formal y alta calidad, pueden generar una horda de lectores fieles que a diferencia de los medios impresos, literalmente pueden ser de millones.
La dinámica que puede generarse aquí abre un abanico de posibilidades. Del mismo modo en que las tiras cómicas elevaron la popularidad de la prensa en la primera mitad del siglo XX, los webcómics pueden convertirse en un importante medio de difusión del trabajo de artistas y creadores.
Pero a direfencia de la prensa del siglo XX, aquí la competencia es feroz y global. El autor compite por la atención de millones de lectores contra miles de otros webcómics. ¿Qué criterios habrán de permitir a algunos prevalecer mientras otros desaparezcan en el olvido?
La respuesta es contundente: la calidad. Un webcómic de calidad captará la atención de los lectores. Esto redituará en que visiten regularmente la página. Y este tráfico se traduce en AUDIENCIA, comprobable al instante digitalmente. Lo cual puede atraer de inmediato a anunciantes y además permite que haya un contacto directo entre el autor y sus lectores. En poco tiempo, el creador puede generar todo tipo de productos (incluidos las recopilaciones impresas del cómic, para quienes lo quieran comprar) y mandarlo directamente a quien pague por ello. Playeras, tazas, calcomanías e incluso juguetes.
¿Y en el caso de los escritores?
Bueno, ya narradores como Neil Gaiman o Cory Doctorow han declarado que si liberan sus obras en versiones digitales, en formato de PDF las ventas de los libros suben. Esta idea, que aún aterroriza a los editores tradicionales, está permeando lentamente en nuestra mediósfera. Allá afuera hay gente que ya se dio cuenta, y está haciendo cosas interesantes.
Sólo los más aptos habrán de sobrevivir, como siempre. Pero creo que vale más la pena subirse a este tren y dar la batalla que quedarse en la estación, rezagado, viendo como se aleja mientras tú insistes en que no hay más que una vía, la impresa, para socializar y distribuir tu obra.
No cabe duda, estamos en el umbral de una profunda transformación del medio editorial.
(Perdonen lo clavado. Prometo un post frívolo para la siguiente.)