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Archive for Julio, 2008

¿La muerte del futuro?

Jueves, Julio 31st, 2008

En el mismo tono en que hemos venido discutiendo en los posts recientes, me encuentro dos notas de prensa dos que me dejaron pensando.

Jodidos pero contentos

La primera de ellas es del día de hoy, y aparece en el portal del Universal, que como bien ha señalado el maestro Clément es el único periódico mexicano que se ha puesto las pilas para convertirse en una agencia de medios (un periódico para estos tiempos, vaya). Resulta que para fines del año el 80% de los mexicanos tendrán un celular.

Ochenta por ciento, oyeron bien. Ochenta. Un porcentaje digno del primer mundo. Aproximadamente 30% de los mexicanos tienen acceso a una computadora y las dos terceras partes de esa población se conecta a internet. 90% de éstos últimos lo hace a través de banda ancha.

Que 8 de cada diez mexicanos tenga un celular me pone a pensar. Si grosso modo se calcula que la mitad de la población vive en lo que se considera pobreza, entonces tenemos un jodidaje muy… comunicado.

¿Cuántos de esos mexicanos, alrededor de 80 millones, gozan de servicios básicos de calidad? ¿Cuántos terminaron la secundaria? Seguro que una vergonzosa minoría lee libros y periódicos pero a cambio aseguro a ciegas que la aplastante mayoría tiene televisión en su casa. ¿Y refri?

Se calcula que en el DF operan 15 bandas dedicadas a la extorisión telefónica. A través de teléfonos celulares. Un aparato que hace poco más de 15 años era un sueño inalcanzable para la mayoría de la población.

Entonces ¿la modernidad consiste en darle a la población teléfonos celulares? Hemos cambiado el pan y circo de los romanos por cel y tele.

Por si fuera poco, una nota publicada hace poco me trae también bastante movido:

La muerte de la ciencia ficción
En el más reciente número de Babelia, suplemento de libros del periódico español El País, el reportero Jacinto Antón da cuenta de la profunda crisis por la que atraviesa el mercado editorial de la ciencia ficción.

Ya el asunto ha tenido resonancia en diversos blogs y foros especializados en España y apenas unos balbuceos aquí. Todo esto, vinculado al asunto de los webcómics y el frustrado proceso de modernización por el que ha pasado este país da mucho de qué pensar. ¿En verdad ya no hay futuro?

Lo cierto es que esta década anda mal. Se acerca a su fin y las cosas cada vez se parecen más a Blade Runner (en pinche) que a Los Supersónicos.

Pero sobre eso, y la muerte de la ciencia ficción, más en el siguiente post. Por lo pronto los dejo con la entrada de los Supersónicos, acaso la distopía más popular de la televisión.

Los Ludistas (Addendum)

Miercoles, Julio 30th, 2008

Hola a todos.

Creo que esta serie de posts apenas sirven para hacer eco de una discusión que se ha venido dando desde hace años en nuestros medios. Agradezco el entusiasmo de la gente que ha respondido a ellos y por primera vez creo que la discusión que se ha generado requiere de un post extra, más que de una respuesta a sus generosos comentarios.

Coincido completamente con Gabriel Martínez (por quien profeso una gran admiración profesional y de quien tengo el privilegio de ser amigo). Yo, como señaló nuestra amiga Sonia he sido muchísimas veces un ludista temeroso. Me confieso tecnófobo y lamento constantemente lo que le hemos hecho al planeta a través de nuestras máquinas.

Lo cierto es que pese a lo anterior no me parece que la solución sea el mantener una posición radical al estilo ludista. O Luddita, como nos señala Ignacio Loranca. Temo, por ejemplo, que el oficio del diseñador editorial, aquel que tantos disfrutamos pero pocos reconocen, el que cuida interlineados y manchas de texto, vea amenazada su existencia. Ojo, no estamos hablando de un oficio tradicional, sino de un trabajo altamente tecnificado que da por resultado un objeto impreso, el libro.

Quiero pensar, poniéndome utopista, que en el futuro lo impreso y lo digital convivirán armoniosamente. Que lo primero mantendrá a su público fiel, que lo segundo servirá para la difusión entre las grandes masas. Pero esto me lleva a la siguiente preocupación, que comparto con Clément:

Somos colonia. El patio trasero del imperio. Una especie de Galias, pero en pinche. El único lugar del planeta donde no hay separación entre primer y tercer mundo. En donde los territorios arrancados en la guerra de 1847 han sido poco a poco reconquistados culturalmente a través de la migración económica. Somos el pueblo dominado que mejor conoce a sus amos. Tenemos una delicada y compleja relación con los Estados Unidos. Pero seguimos llevando la de perder.
Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer lo creadores de estos países periféricos? No podemos mantenernos al margen de los referentes mundiales. No podemos aislarnos del concierto mundial.

¿Debemos abrazar los estándares globales? ¿Existe en este contexto digital posibilidad de resistencia cultural, de mantener nuestra identidad frente al contexto global? ¿De legitimización de lo nuestro, sin chauvinismos ni nacionalismos trasnochados?

No creo equivocarme si pienso que la respuesta a las últimas tres preguntas es SÍ. No somos creadores de tecnología, dijo Mauricio-José Schwarz, pero LA PADECEMOS. Dejemos de padecerla, pongámosla a nuestro servicio.
Lo anterior dicho sin afán incendiario ni subversivo, sino como una preocupación que encuentro legítima: ¿Cómo insertarse dignamente en este ya ni tan nuevo orden mundial?

El asunto plantea más preguntas que respuestas. Mientras tanto, habrá que esperar a que la tecnología avance un poco. O un mucho. No quisiera salir corriendo a comprarme un Kindle sólo para quedarme en dos años con un armatoste inservible. ¿O acaso ése es su destino ineludible?

Chale, ya me clavé…

Los Ludistas (3)

Jueves, Julio 24th, 2008

(Pido una disculpa por la tardanza para continuar esta serie de posts y continúo):

El futuro es hoy. La digitalización y el mercado global nos ha alcanzado y ya seas un campesino en Veracruz, un músico en Bruselas o un escritor en Nairobi, afectará tu vida. Para bien y para mal.
En el campo de los cómics, tan retrógrado y ludista como hemos visto, esta nueva revolución industrial no sólo ha afectado la manera en que trabajamos, sino que poco a poco irá cambiando la manera en que distribuimos nuestro trabajo. Si es que no lo hace de sopetón.
Ya mi amigo Gerardo Horacio Porcayo, escritor de ciencia ficción, se preguntaba a inicio de los 90 cómo habría de modificar la internet la manera en que el creador es retribuido por su trabajo. Con pesimismo, Porcayo preveía que cada vez sería más difícil para un escritor obtener una ganancia económica por su trabajo.

Ello en caso de seguir el esquema editorial tradicional, el mismo que ha seguido la industria durante siglos. Aquel en el que se venden átomos y no bits, como plantea Nicholas Negroponte en su libro Ser digital (Being Digital, 1995). Hemos llegado al momento en el que se venden contenidos y no objetos.

Muchos creadores brincarán. ¿Cómo abandonar los formatos y canales de distribución tradicionales que hemos utilizado durante más de 100 años? ¿Cómo puedo vivir si regalo mi trabajo en la internet?

Preguntas legítimas, sin duda. Pero como dijera Bob Dylan, “The Times They Are a-Changin”, los tiempos están cambiando y si los creadores, moneros, comiqueros, caricaturistas, guionistas y coloristas no estamos atentos, nos quedaremos fuera de un mercado competitivo y feroz (y, ojo, también los escritores, no olviden que dobleteo gremio).

Dudo que lo impreso desaparezca. Pero estoy convencido de que la manera en que se vende y distribuye habrá de transformarse profundamente. El mercado editorial tendrá también que dejar de vender átomos para ofertar bits. No, no creo que los libros desaparezcan. Lo que pienso es que se volverán objetos para conocedores, coleccionistas y bibliófilos mientras que el grueso de la población migrará a los formatos digitales. Lo mismo, exactamente, que le sucedió a los LPs.

No nos alarmemos. El mercado del libro seguirá existiendo mientras haya compradores. Pero aun cuando corriera a comprar la úlitma novela de Robert Crais, quizá no me caería mal poderla bajar por el mismo precio del website del autor para traerla en un lector digital, similar al iPod, en el que pudiera llevar decenas y hasta cientos de libros al mismo tiempo.

En este aparato podría ajustar el tamaño de la tipografía y el contraste con el fondo e incluso marcar mis pasajes favoritos. No suena mal, y si no ha cundido masivamente (pese a los que ya hay en el mercado, carísimos por cierto) es, como me dice mi querido Bachan, porque no hay un formato universal como el mp3 para la música o el jpg para las fotos que unifique a estos libros digitales. Pero el libro (y la revista) digital están a la vuelta de la esquina.

En este entorno, ¿qué destino le queda al artista independiente, tradicionalmente condicionado a que una editorial le compre su trabajo y financie la impresión y distribución de la misma? Ello, a reserva de que en las librerías o los puestos de periódicos se venda.

Pues si tienes dos dedos de frente y tu mente silenciosa te permite callar un momento para escuchar un poco el entorno, la vía son los webcómics.

Como su nombre lo indica, se trata de historietas publicadas en la interne que normalmente se suben en formato de tiras, de una en una, y que se pueden consultar gratuitamente desde cualquier parte del mundo (cualquier parte del mundo que tenga acceso a internet, quiero decir, pero de cualquier forma los watusis africanos difícilmente compran revistas de cómics) y que si tienen una periodicidad formal y alta calidad, pueden generar una horda de lectores fieles que a diferencia de los medios impresos, literalmente pueden ser de millones.

La  dinámica que puede generarse aquí abre un abanico de posibilidades. Del mismo modo en que las tiras cómicas elevaron la popularidad de la prensa en la primera mitad del siglo XX, los webcómics pueden convertirse en un importante medio de difusión del trabajo de artistas y creadores.

Pero a direfencia de la prensa del siglo XX, aquí la competencia es feroz y global. El autor compite por la atención de millones de lectores contra miles de otros webcómics. ¿Qué criterios habrán de permitir a algunos prevalecer mientras otros desaparezcan en el olvido?

La respuesta es contundente: la calidad. Un webcómic de calidad captará la atención de los lectores. Esto redituará en que visiten regularmente la página. Y este tráfico se traduce en AUDIENCIA, comprobable al instante digitalmente. Lo cual puede atraer de inmediato a anunciantes y además permite que haya un contacto directo entre el autor y sus lectores. En poco tiempo, el creador puede generar todo tipo de productos (incluidos las recopilaciones impresas del cómic, para quienes lo quieran comprar) y mandarlo directamente a quien pague por ello. Playeras, tazas, calcomanías e incluso juguetes.

¿Y en el caso de los escritores?

Bueno, ya narradores como Neil Gaiman o Cory Doctorow han declarado que si liberan sus obras en versiones digitales, en formato de PDF las ventas de los libros suben. Esta idea, que aún aterroriza a los editores tradicionales, está permeando lentamente en nuestra mediósfera. Allá afuera hay gente que ya se dio cuenta, y está haciendo cosas interesantes.

Sólo los más aptos habrán de sobrevivir, como siempre. Pero creo que vale más la pena subirse a este tren y dar la batalla que quedarse en la estación, rezagado, viendo como se aleja mientras tú insistes en que  no hay más que una vía, la impresa, para socializar y distribuir tu obra.
No cabe duda, estamos en el umbral de una profunda transformación del medio editorial.

(Perdonen lo clavado. Prometo un post frívolo para la siguiente.)

Los Ludistas (2)

Viernes, Julio 18th, 2008

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Kyle Baker, talentoso y distinguido ilustrador y comiquero ha señalado, no sin sorna, que los cómics son la única rama de los medios de comunicación que se siguen produciendo de la misma manera que se hacía en 1896, es decir, se trazan a lápiz y se entintan a pincel o plumilla con tinta china. Y lo que es peor es que los comiqueros están orgullosos de ello.

“En todas las ramas de la comunicación”, dice más o menos Baker (cito de memoria), “se busca estar al día, con lo último en tecnología. Menos en los cómics.”

Curioso, ¿no?

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Baker ha sido uno de los pioneros de la digitalización del trabajo del monero. Igual que mi amigo Bachan, desde hace más de diez años dejaron de utilizar papel y lo cambiaron por las tabletas digitalizadoras Wacom. Dieron un ejemplo que otros tardamos en seguir.

Lo mejor de todo, me parece, es que nadie que vea un dibujo hecho por ellos nota que fue hecho digitalmente.

“¿No se vuelve muy frío un dibujo hecho en Wacom?” “Es que no hay nada como el contacto con el papel”, “Si trabajas así no tienes un original”, entre otras son las preguntas que surgen de inmediato.

La primera respuesta es NO, no hay frialdad alguna al trabajar en un entorno digital. Todas la imágenes que acompañan este post las hice digitalmente. Me gusta pensar que no se ven frías.

Dos, el contacto con el papel no se pierde nunca: todo ilustrador profesional que de respete carga para todos lados una bitácora en la que boceta todo el tiempo, los famosos sketchboks.

A pesar de trabajar en medios digitales, el buen ilustrador tiene un estrecho contacto con el material tradicional todo el tiempo. Sólo sabiendo manejar un pincel de verdad, por ejemplo, lo puedes trabajar en su versión digital.

Y sobre la última pregunta, sobre la existencia del original, veamos un ejemplo de la vida real:
tigre-1.jpg
Un artista recibe la comisión de hacer un cómic de 48 páginas. En el método tradicional, el trazador hacía su chamba, que le enviaba por mensajería al letrista que rotulaba todos los diálogos para después mandársela al entintador quien hacía lo propio sólo para que entonces se hiciera llegar al colorista quien indicaba las separaciones de color en una página de papel albanene que se montaba sobre cada original. Y entonces los 48 originales se mandaban a fotomecánica para imprimir.
OK; no seamos tan radicales, supongamos que un comiquero hace toda la chamba de trazar y entintar, que tiene contratado un letrista en su estudio y que lo único que no hace es el color. El tipo manda sus 48 páginas listas por mensajería a su editor, en otra ciudad. El paquete llega al día siguiente.

El editor lo ve y decide hacer varias correcciones. A la mañana siguiente lo vuelve a enviar y llega dos días después. El dibujante lo ve, maldice a todos los ancestros del editor y utilizando corrector líquido o papel autoadherible hace todas las correcciones.

Al día siguiente lo manda por mensajería y los originales están de vuelta un día después. Seis días y tres rondas de mensajería después, la corrección está hecha.

¿Qué pasa en el método digital?

El autor traza y entinta un archivo digital por cada página. Coloca todos los díalogos en otro programa (sólo tiene que dar copy y paste del guión que le llegó por e-mail). Entonces, él mismo colorea sus páginas y manda a su editor una carpeta con las 48 páginas a través de un FTP (o manda un CD por mensajería). El editor lo recibe y le escribe para pedirle que le cambie el encuadre a la tercera viñeta de la página 17. El artista recibe el mail, abre el archivo, cambia ahí mismo lo solicitado y como sólo es una página, se la manda por mail a su editor. La corrección está hecha en unas horas, con una sola ronda de mensajería que bien se pueden ahorrar.

flaco.jpg
“¿Y el original?”, preguntan algunos ludistas al fondo de la sala, con tono irritado.

“El original”, contesta Tanino Liberatore, dibujante italiano de cómics, “es cada una de las impresiones.”

¿Suena mejor? Lo es. Por ello no entiendo la cerrazón de muchos colegas a aferrarse a trabajar a la antigua. En algunos casos, esta cerrazón ha llegado al ludistismo y la descalificación.
Curiosamente, el color en los cómics se ha digitalizado casi a un 100%. Incluso los más aferrados a los métodos tradicionales utilizan el ubicuo Photoshop para colorear su trabajo.

(Dato de trivia: ¿Cómo distinguir el color digital de un profesional del de un vulgar aficionado? Por la paleta de colores, pues los segundos normalmente usan la que trae el programa de cajón, hecha de colores primarios y estridentes, en vez de hacer su propia paleta.)

Pero el gran cambio que vive ahora este tan vilipendiado medio, no es en la elaboración de los originales (bien por el que tuvo la visión de subirse a este tren, los que no…), el nuevo gran cambio viene en la distribución y socialización de la obra.

Pero de eso hablaré en el siguiente post…

PD: Como escritor de ciencia ficción (publicado y premiado, que conste) mantengo una posición irreconciliable entre ver con desconfianza las nuevas tecnologías y/o abrazarlas. Lo cierto es que el que se quede al margen de este gran cambio se quedará también fuera del mercado. Triste pero llana realidad. Ah, en fin.

Los Ludistas (1)

Miercoles, Julio 16th, 2008

Ésta no es una expresión popular en el español. Proviene del ingés luddites, grupo de obreros textiles lidereados por un tal Ned Ludd (de ahí el nombre) que durante inicios de la Revolución Industrial, a inicios del siglo XIX, se opusieron violentamente a la automatización de los telares que, evidentemente, los dejaba sin trabajo.

Por extensión, esta palabra se usa para designar a la gente que se opone a los cambios tecnológicos de manera retrógrada y en ocasiones violenta. No tiene nada que ver con el término lúdico, que se refiero a lo juguetón, a lo que se hace por diversión. Ojalá.

Para ilustrar lo anterior me robaré una fábula que escuché contar a alguien hace mucho tiempo. Seguramente en la antigüedad había gente que tenía capacidad de dibujar círculos con mayor precisión que otros. Círculos hechos a mano, preciosos a la vista, hechos por unos cuantos privilegiados de pulso firme.

Imaginen lo que pensaron estos sujetos cuando alguien inventó el compás. “Qué horror”, habrán pensado, “¿cómo puede compararse un círculo hecho con un instrumento mecánico con un precioso círculo trazado a mano por un maestro artesano? ¿Quién puede preferir la frialdad del compás contra la calidez del trazo humano?”

Lo cierto es que el oficio de trazador de círculos desapareció. Si es que alguna vez existió. Engordaron la lista de ludistas desempleados.

Lo mismo puede decirse de cualquier innovación tecnológica. Pienso en la gente que se resistió a dejar de usar el pergamino de piel a cambio del papel. ¿Cómo comparar la calidad del material? O los que se aferraron a los carros de caballos ante la aparición del automóvil.

Pues bien, por si alguien allá afuera no lo sabe, hace 30 años estamos inmersos en una revolución digital que ha transformado radicalmente nuestra vida. El hecho de que hoy les pueda compartir estas opiniones es una consecuencia de ello.

Vislumbrar los cambios no es fácil. No lo fue, por ejemplo, para el propio Billy Gates, quien en los 80 declarara que 640 k de memoria debía bastarle a cualquier usuario. Alvin Toffler escribió un libro extraordinario sobre el asunto, el hoy clásico The Third Wave. Para ser concisos: lo único que no cambia es el cambio.

No puedo pensar en actividad humana que no haya sido afectada por la digitalización. Sin ir muy lejos, prácticamente no conozco ningún escritor que no trabaje con un procesador de textos. No falta quien diga que prefiere escribir a mano pero después necesariamente tiene que transcribir su texto a un archivo digital. ¿Quedará algún necio que insista en utilizar una máquina de escribir? Lo dudo, la más sofisticada máquina eléctrica de IBM, aquellas que usaba Isaac Asimov hoy son armatostes inservibles.

Hace poco murió Arthur C. Clarke. En el post que dediqué a su obituario olvidé mencionar que su novela 2010 fue una de las primeras en ser escritas en una computadora y la primera en ser enviada por módem desde la casa del autor, en Sri Lanka, a las oficinas de su editor, en Londres. Fue en 1982 y se dice que el archivo tardó en transmitirse más de cinco horas. Bien, Mr. Clarke, por eso lo adoro más que al buen doctor Asimov.
Pero…

(Siempre hay un pero.)

¿Qué es lo que pasa en el mundo de los cómics? Pues que muchos de sus autores —ludistas aferrados— insisten en seguir trabajando nuestro oficio (y distribuir sus obras) como se hacía hace cien años. ¿Quedará algún oficio dentro de los medios de comunicación que se siga perpetrando como en 1896?

Lo dudo, pero de eso continuaré hablando mañana.

>>>Triste actualización: Hablando de ludistas y retrógrados, Milenio publica esta patética nota, en la que el Cardenal Rivera convoca a sacerdotes católicos a combatir al Maligno (?) a través de su oficio de ¡Exorcistas! Si es metáfora, me parece lamentable. Si lo dice en sentido literal, es aún más triste. Qué pena, como decía Carl Sagan, que en una sociedad cada vez más dependiente de la tecnología, se siga promoviendo el pensamiento mágico y la superstición. Ah, raza…

Si lo bueno es breve…

Martes, Julio 15th, 2008

…entonces es doblemente bueno.

O al menos eso dicen los que escriben minificción.

Popularmente se piensa que El Dinosaurio de Augusto Monterroso es el cuento más corto del mundo. En realidad lo es otro, escrito por Forrest J. Ackerman en los 50 que reproduzco a continuación, en traducción libérrima a la mexicana (va en itálicas, título en negritas):

Boleta de Calificaciones Cósmica: Tierra

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En el original, el texto era sencillamente “F”, que es la calificación reprobatoria en los Estados Unidos. Ackerman, quien patentó la idea de un cuento escrito con una sola letra para evitar plagios, merece un post para sí mismo. Ya lo haré en algún futuro.

Lo cierto es que la minificción es un género difcilísimo de cultivar, que requiere de un ingenio agudísimo y una sensibilidad poética de la que carezco. Nada más patético que una minificción fallida.

El narrador mexicano que más admiro, José Luis Zárate, un aristócrata entre nuestros autores “raros” (aquellos alejados del canon, creadores de obras originales y no pocas veces inquietantes) ha emprendido la titánica labor de escribir varios libros de minificciones, dolorosamente inéditos (aunque estamos trabajando en ello, ¿verdad, Alberto?).

El gran José Luis lleva dos blogs, en uno ha ido depositando sus pequeñas joyas, mientras que en el otro se ha propuesto un juego aún más complejo: minicuentos de menos de 140 caracteres. Apenas lo que cabe en un mensaje de SMS.

En donde algunos juegan, José Luis se ha convertido en un auténtico maestro. Cada una de sus piezas, refinadas obsesivamente con el oficio de un narrador experimentado, es una pequeña perla narrativa. Y lo que más me gusta es que son cuentos de literatura fantástica. Fantástica en todos los sentidos.

Los invito a visitar ambas páginas y como buen dealer, la primera dosis es gratis: les dejo un ramillete de sus minificciones, preciosos híbridos entre narrativa y aforismos, con un toque haikú:

Lazaro se levantó para comer cerebros.

 

Hay vida después de la muerte. Que malo descubrirlo en el ataúd, tres metros bajo tierra.

 

Medianoche. Temo el tamaño de mi sombra. 

 

Porque te me antojas me sirvo otro trozo. 

 

Al soñar los espejismos producen desiertos. 

 

No desean rescate quienes naufragan en otra piel.

 

La supernova estropeó nuestro hermoso bronceado.

No hay nada nuevo que ver, dijo cerrando sus tres ojos. 

 

Amo cada uno de tus pixeles. 

 

Encontramos el Eslabón Perdido. Desde entonces opinamos muy diferente del ornitorrinco.

Monterrogibsoniana

Jueves, Julio 10th, 2008

Y cuando despertó, el cielo todavía tenía el color de un televisor sintonizado en un canal muerto.

Mudanzas

Jueves, Julio 10th, 2008

Lo primero es acostumbrarte al nuevo espacio. Ver tus mismas cosas en una nueva disposición confirma que el universo se transforma para permanecer igual.

Abrir los ojos y por un segundo preguntarte en dónde diablos estás sólo para comprobrar que es en casa. En tu nueva casa.

Familiarizarte con los nuevos sonidos que vienen de la calle. Cada calle parece tener su propia personalidad. Producen sus propios ruidos, muy diferentes unos de otros. Tlalpan suena diferente que el Periférico. El Viaducto que el Circuito Interior.

Gutemberg es más ruidosa que Herodoto. Sólo un poco.

Hacer el recuento de aquellas cosas que perdiste en la mudanza. Casi como una ley de Murphy, sabes de antemano que hay cosas que empacas de un lado que no aparecerán del otro. Yo, por ejemplo, no encuentro mis chanclas Crocs. Ni una foto que me tomé con Rebeca en casa de mis suegros.

A cambio, aparecen cosas que recordabas tener en algún lado. Objetos que fueron tragados por la entropía de tu viejo hogar. Un cuaderno que dabas por perdido. Libros que recordabas tener en algún lado. Ropa que no te has puesto en años.

Lo más extraño, caminar por el viejo departamento cuando ya está vacío. Aquel lugar donde te protegiste del frío y la lluvia se convirtió en un cascarón vacío. Las paredes desnudas me hacen pensar en nuestra fragilidad. Estás aquí un día para desaparecer al siguiente. Como los dinosaurios. Como las promesas de amor eterno de la secundaria.

Estoy feliz en el nuevo departamento. Me parece más acogedor. Me gusta tener un balcón circular desde el que veo pasar los autos que circulan por dos puentes. No puedo evitar pensar con cierta altanería que mientras ellos van en su coche, yo ya estoy en casa. En nuestra nueva casa.

Ahora sólo me falta encontrar, como decía Denny O’Neill, la tiendita local donde vendan mi marca favorita de panecillos integrales.

Aunque nos mudamos tan cerca que creo que seguiremos yendo al mismo Superama…

Herodoto 57 (1999—2008)

Lunes, Julio 7th, 2008

Nueve años.

Nueve años viviendo en ese departamento de la colonia Anzures. Una cuarta parte de mi vida.

Por ahí desfilaron amores y odios, amistades y enemigos, momentos de alegría y sinsabores. Conocí al amor de mi vida viviendo ahí solo y ahora… ahora nos vamos juntos.

Por ese lugar pasaron más de diez roomates de todos los colores y sabores, desde un primo de mi mamá, que era el inquilino original y con el que llegué a compartir el departamento hasta dos puertorriqueños que se pasaban todo el día fumando mota y escuchando salsa a un volumen ensordecedor, pasando por un yuppie que acabó emigrando a Australia, un primo mío que trabajaba de editor en Telehit y que vivía en una fiesta inacabable, mi hermano en un período en que se separó de su chica, un aventurero que me inspiró un personaje para una novela y un tipo rarísimo que se fue sin despedirse después de vivir ahí tres años.

Era un departamento viejo de tres niveles en un edificio antiguo sobre la calle de Herodoto al que los años comienzan a pasarle la factura. Me aferré a él pensando que no encontraría algo mejor. No contaba con Rebeca.

Con esa aura mágica que la rodea cuando se propone algo, Rebe dio con un tío suyo dueño de un departamento a una cuadra del nuestro. Un edificio de los 50, con forma de rebanada de pastel, al que alguna vez hace años se me antojó mudarme cuando vi un letrero de SE RENTA.

Cuando entramos al lobby fue como aterrizar en una película de Carlos López Moctezuma. Subimos al segundo piso para conocer el departamento 8, desocupado hacía dos años. Fue entrar y enamorarse del lugar.

Más pequeño que el otro, que era gigantesco, pero muy amplio, con las reglamentarias 3 recámaras y lugar de estacionamiento. Lleno de luz, rematado con un balcón circular. Y a un mejor precio. No lo pensamos más y firmamos el contrato.

Pasamos la semana pasada empacando cosas. Yo, libros. Rebeca, el resto de la casa. Al final mudamos nuestro mundo envuelto en cajas –muchas de ellas– a una nueva vida, apenas a una calle de distancia. Ayer por la noche terminamos de instalarnos.
La calle es un poco más ruidosa. Pero el departamento es como el hermano menor del otro. El hermano guapo.

Lo mejor de todo es no tener que cambiar de rumbo. Poder ir a la misma tiendita. Descubrir nuevos lugares de este lado de la calle. Ir al tianguis local los domingos para comprar nuestras frutas.

Sólo cambiamos de sede. El teléfono es el mismo. Los amigos siguen siendo bienvenidos. Suele haber cocas frías en el refri.

Los esperamos.

Post Data: Casi lo olvido, mil perdones. Millones de gracias a Dyana Peña Buentiempo y a Luis Gantús, quienes generosamente nos ayudaron a Rebeca y a mí a empacar. Sin ustedes no lo hubiéramos logrado, chicos. Los queremos.