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Archive for the 'Ciencia Ficción' Category

Se nos fracturó

Wednesday, March 19th, 2008

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Murió el último gran dinosaurio de la edad de oro de la ciencia ficción. Arthur Charles Clarke, autor del guión y la novela de 2001, odisea espacial falleció hoy a los 90 años de edad.

Quien pactó con Isaac Asimov que uno siempre diría que el otro era el mejor escritor de ciencia ficción del mundo pasó los últimos 30 años confinado a una silla de ruedas en la ciudad de Colombo, en Sri Lanka, donde afincó un próspero negocio hotelero y una escuela de buceo. Esta última actividad, solía decir, es lo más cercano a estar en gravedad cero que se puede conseguir en la Tierra.

Clarke, quien estudió matemáticas en el King´s College de Londres, fue quien sentó las bases teóricas para la puesta en órbita de satélites estacionarios. Años después habría de lamentar el no haber patentado la idea.

Y si bien su prosa siempre me pareció un poco árida y acaso limitada, no hay lector –especialmente entre los más jóvenes– que se acerque a su trabajo sin deslumbrarse del elegante rigor científico y la complejidad de ideas que rebosan en los muchos libros de este hombre, que alguna vez dijo que la tecnología muy avanzada es indistinguible de la magia.

Quien también se viera envuelto en un escándalo de paidofilia que empañó su nombramiento como caballero de la Reina siempre mantuvo su preferencia sexual en el misterio, lo que fue tema de acalorado debate entre sus lectores.

Lo cierto es que la acusación de un tabloide sensacionalista londinense fue contrarrestada con una feroz demanda por difamación por parte de los abogados de Clarke y dos años después recibió el que se considera el más alto honor para los ciudadanos ingleses.

Cierro con el que creo que fue el último cuento publicado en vida por Arthur C. Clarke.

El año pasado, la revista Wired convocó a varios escritores del género a escribir una minificción en seis palabras. Clarke lo hizo en diez, y como se negara a editarlo, se publicó así:

God said, ‘Cancel Program GENESIS.’ The universe ceased to exist.

Que en buen castellano es:

Dios dijo “Cancelen el programa Génesis.” El universo dejó de existir.

Descanse en paz, Arthur C. Clarke.

Update: Decidí cambiar la foto que había utilizado primero para subir una de Amy Marash en la que se ve que nuestro hombre… era usuario de Mac. Ahí nomás.

Nerdómetro

Saturday, January 26th, 2008
Take the Sci fi sounds quiz I received 71 credits on
The Sci Fi Sounds Quiz
How much of a Sci-Fi geek are you?
Quiz by SheGoddess: Lose weight

No sé si estar orgulloso o avergonzado…

No, no es Los Ángeles en el 2019…

Thursday, January 24th, 2008

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Es la ciudad de México, ayer, cuando fue azotada por un ventarrón (foto de Yazmín Ortega).

Philip K. Dick

Tuesday, January 22nd, 2008

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Hace poco decía mi admirado Rogelio Villarreal que los estentóreos contraculturales mexicanos había leido poco al recientemente fallecido Kurt Vonnegut.

Algo similar les sucede con Philip K. Dick (1928–1982), novelista norteamericano reconocid por propios y extraños como uno de los más importantes narradores anglosajones de la segunda mitad del siglo XX.

Stanislav Lem solía decir que Dick era el único escritor de ciencia ficción norteamericana que valía la pena leer (le llamaba “un visionario entre charlatanes”). La escritora y crítica Ursula K. Le Guin incluso llegó a decir que Dick era el Borges norteamericano.

Si bien no creo que sea para tanto (afortunadamente no creo que haya un Borges gringo ni un Capote argentino), estoy convencido de la gran calidad literaria de Dick.

Nacido en Chicago el mismo año que Carlos Fuentes, Philip Kindred Dick tuvo una hermana gemela que murió a los pocos días del alumbramiento lo cual marcó al autor para toda su vida.

Matriculado en la Universidad de California en Berkeley para estudiar alemán, el joven Dick fue un voraz lector de filosofía, así como de autores como Flaubert, Balzac, Proust, Dostoyevsky y el propio Borges, entre muchos otros.

La intención de Dick era convertirse en un literato formal. Sin embargo, no pudo vender en vida ninguna de sus novelas serias con excepción de una (Confessions of a Crap Artist). Pero tras vender en 1952 su primer cuento a una revista de ciencia ficción, el autor pareció condenar su carrera a ese ghetto que en palabras de Vonnegut “algunos críticos confunden con un urinal.”

La trayectoria de Philip en el ámbito de la ciencia ficción no fue nada desdeñable. A poco más de diez años de publicar su primer cuento la novela The Man In The High Castle, sobre la vida cotidiana en una Norteamérica en la que los nazis ganaron la segunda guerra mundial, ganó el Premio Hugo, máximo galardón en el medio cienciaficcionero. Contaba con –gulp– 35 años, la edad que yo tengo ahora.

Su obra puede calificarse sin reservas de monumental. Escribió 50 novelas y decenas de cuentos cortos compilados en cinco voluminosos tomos. La más famosa de ellas, al menos para el gran público, es Do Androids Dream Of Electric Sheep? que dio pie a la adaptación conocida como Blade Runner.

Curiosamente, el arrogante Ridley Scott nunca ha tenido empacho en decir que no leyó el libro para hacer la película. Digo curiosamente por que la cinta es altamente dickiana.

Durante toda su vida Dick sufrió ataques de angustia y desequilibrios emocionales. Permanentemente cruzó hacia ambos lados de la línea que divide la sanidad de la demencia. La tesis fundamental de su obra, al menos una de ellas, es que nada es lo que parece. En una historia típicamente dickiana, varios planos se superponen unos sobre otros en una especie de frágil multiverso que puede derrumbarse al menor soplo, como un castillo de naipes.

Como era de suponer, la vida de Dick fue caótica, fiel reflejo de su obra Se casó y divorció cinco veces a lo largo de su vida y alguna vez pisó el manicure.

Ahora bien, ¿qué hace tan importante como escritor a este pintoresco personaje? No pocos críticos han visto una de las semillas de la posmodernidad plantada en varias de sus novelas.

Personalmente confeccionaría un ramillete que incluyera los libros ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Tiempo de Marte, El hombre en el castillo, Laberinto de muerte y Fluyan mis lágrimas dijo el policía, todos ellos traducidos al español y medianamente fáciles de conseguir.

Dick escribe, lo he dicho muchas veces, novelas costumbristas sobre mundos raros. En ellas, la realidad se presenta frágil e inestable, nada es lo que parece y los personajes se ven expuestos a situaciones que hicieron decir al propio Dick “no me gustaría vivir en ninguna de mis novelas”.

Niños psíquicos que viven en Marte, vendedores de antigüedades americanas en la Norteamérica dominada por los japoneses, celebridades de la televisión que de pronto pasan a un universo paralelo donde ni siquiera existen, una expedición espacial que es mantenida soñando realidades virtuales para paliar las inclemencias del viaje estelar, y el consabido detective que caza replicantes, entre muchos otros, son personajes y situaciones que deambulan por las páginas de sus libros.

Alejado de las fantasía militaristas de Robert Heinlein y de la árida prosa tecnofetichista de Isaac Asimov, Dick logró dar dimensión humana y universal a personajes absurdos metidos en situaciones extremas. Sumergirse en una de sus novelas es meterse de lleno en una universo alucinante donde las leyes de la física parecen permutarse por otras, más extrañas y crueles.

Este año, Dick hubiera cumplido 80 años, fecha que seguramente no pasará desapercibida para su legión de leales lectores que crece un poco año con año.

¿Andas buscando algo interesante que leer? ¿Te gustaría variarle a la dieta de autores conocidos? Te recomiendo entonces que busques una novela de Philip K. Dick en tu librería más cercana y la leas. Te prometo que no te decepcionará.

Y si lo hace, avísenme para ir juntos a romperle la cara, donde quiera que esté…

UPDATE: En escritor Gerardo Porcayo, conocido como el Lobo entre sus amigos, escribió recientemente una sentida entrada en su blog sobre Dick, quien hubiera cumplido 79 años el pasado 16 de diciembre.  Vale la pena darle una leida.

Y aquí un link francamente ilegal en el que se puede descargar prácticamente toda la obra de Philip K. Dick (en español). No digan que yo se los di.

Hoy es el futuro

Friday, January 18th, 2008

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Tengo la teoría de que el futuro n0s alcanzó hace 25 años.

En 1982 se estrenó en los cines Blade Runner, cinta dirigida por el aún joven cineasta Ridley Scott, basada en una novela de Philip K. Dick que llevaba el estrambótico título de Sueñan los robots con ovejas eléctricas y protagonizada por Harrison Ford, el cínico favorito de la generación Star Wars.

Clásico del cine, Blade runner es una cinta compleja en la que se narra las peripecias de un detective del futuro, Rick Deckard, especializado en dar caza a Replicantes, androides creados in vitro para dar realizar las labores más pesadas o humillantes. Un grupo de ellos escapa de una colonia espacial y llegan a Los Ángeles. Deckard debe “retiralos”, eufemismo utilizado para decir que debe matarlos a sangre fría.

Deslumbrante desde la primera escena, en que vemos el horizonte angelino tapizado de luces, el cielo surcado por spinners, especie de patrullas policiacas voladoras, Blade Runner no sólo le voló la cabeza a quienes la vimos en los ochenta (yo era niño y la primera vez no entendí nada). Además de lo anterior, la cinta es la visión más acabada que mi generación tiene del futuro.

Es necesario poner un poco de contexto. Antes de Blade Runner, las cintas futuristas eran parecidas a Rollerball o Soylent Green. Excesivamente setenteras, permeadas por la estética disco.

Blade Runner echa mano del cine noir de los cuarenta y los cómics europeos de Bilal y Moebius a partes iguales. En lugar de mostrar ciudades llenas de rascacielos luminosos al estilo de los Supersónicos, aquí se muestra un paisaje urbano decadente y asfixiante.

Sucedieron dos curiosos fenómenos. El primero es que el resto de la década pareció copiar su aspecto (o look como dicen los sajones) a las imágenes de la película. Los ochenta se parecieron a Blade Runner y no al revés.  La vida imitaba el arte.

El otro: desde entonces, el cine  fue incapaz de volver a imaginar el futuro. Todas las cintas futuristas que vinieron desde entonces parecen derivar de la película de Ridley Scott. Vengan ejemplos: Akira, Matrix, Ghost In The Shell, Minority Report y hasta Coruscant, el planeta ciudad de la serie de Star Wars.

Hace poco le puse la película a mis alumnos. Su ritmo lento ahuyentó a algunos cuantos. Pero la película entusiasmó a las personas correctas, quienes pese a haber nacido después de su estreno lograron emocionarse como hice yo, hace ¡ay! tantos años.

Ridley Scott estaba destinado a convertirse en un artesano de Hollywood, con algunas cintas interesantes pero sin volver a las dimensiones de esta película o de Alien. Philip K. Dick no viviría para ver el estreno, murió poco antes. Y Harrison Ford… Bueno, volvió al personaje de Indiana Jones.

Lo que me gustaría saber es ¿seremos capaces de volver a imaginar el futuro? ¿Alguien allá afuera sabe cómo se ve el año 2020?

(Más sobre Philip K. Dick en el siguiente post…)

Premio Ignotus 2007

Monday, November 5th, 2007

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Siempre me da un poco de pudor hablar de estas cosas, pero hoy es una ocasión especial.

Durante años fui conocido como el Señor Meción Honorífica. Simplemente no ganaba premios. Pero ahora mi novela Gel azul ganó el sábado por la noche el Premio Ignotus a la mejor novela corta de ciencia ficción editada en España durante 2006.

El premio, otorgado por los miembros de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, se otorga por votación en el marco de la Hispacón, la concención nacional de dicha asociación, que se lleva a cabo durante el primer fin de semana de noviembre. Es esta ocasión, la sede fue Sevilla.

El galardón distingue a la mejor producción del género de la ciencia ficción en direfentes categorías, que incluyen entre otras mejor novela, cuento (ambas ganadas este año por mi admirado Rafa Marín), cómic y producción audiovisual, que este año ganó Guillermo del Toro con la extraordinaria cinta El laberinto del fauno.

El premio, máximo galardón de la ciencia ficción en España, es muy competido y consiste en un monolito de piedra que emula aquel de 2001 Odisea del espacio.

Como se imaginarán, la noticia me hizo saltar de gusto cuando me fue comunicada por mi amigo Juanma Santiago a través de un email. Él, que generosamente prologó el libro fue quien recibió el premio a mi nombre. Nadie más indicado.

Lamento que la novela permanezca inédita en México, pero se puede conseguir a través del sitio de la editorial. Para quienes estén en España, se puede comprar en el Corte Inglés. Espero que el premio ayude aque se edite en México.

Me gustaría extenderme, pero temo pecar de vanidoso. Sólo quiero acotar que éste es un triunfo que comparto con quienes creyeron en el libro desde el principio: mis editores Gabriella Campbell y Víctor Gallardo, el propio Juanma Santiago y muy especialmente José Luiz Zárate, a quien está dedicado el libro.

Finalmente, la lista completa de los ganadores del Ignotus se puede consultar aquí.

Saludos…

¿Por qué leemos lo que leemos?

Friday, July 20th, 2007

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(En la foto, su atento y seguro servidor presentando al maestro Samuel “Chip” Delany en la Semana Negra. Uno de esos recuerdos para atesorar toda la vida. Foto de Mauricio-José Schwarz).

La muerte de Fontarrosa y el regreso aún no asimilado de la Semana Negra me han puesto a pensar, ¿por qué leo novelas policiacas, ciencia ficción y cómics?

Más de una vez he tenido fases en las que he decidido dejar de leer basura y clavarme en la literatura seria. Tuve una amiga (?) que decía que lo que yo leía era el equivalente a comer sólo comida chatarra. Chaaaaaale.

Así que me hago de mis volúmenes de Balzac y Dostoievsky. Reinicio las aventuras de don Alonso Quijano donde las dejé. Compro la poesía complete de Coleridge e incluso he llegado a leer Moby Dick en inglés y español para comparar la traducción. Por no hablar de todas las veces que he intentado entrar al Ulysses sin éxito.

Pero…

Siempre, a medio soneto quevediano, en el asiento trasero de mi cerebro una vocecita, que no debe de ser muy diferente a la de los alcohólicos que desean una chela cuando están jurados, me susurra coqueta: “¿Philp K. Dick…?”

Y vuelvo al vicio.

Para mi fortuna, como bien decía mi admirado Pepe Rojo, los subgéneros valen la pena leerse cuando logran trascenderse a sí mismos. Cuando deja de importar que hablen de detectives o robots y nos digan algo pertinente sobre la condición humana, sobre lo difícil que es existir.

“Me parece que la ciencia ficción es algo muy importante”, me dijo hace poco Esteban Silva, locutor de radio que además de ser amigo de Bachan es un chiflado del género. “Pero es algo que poca gente tiene la capacidad de apreciar.”

¿Será así?

No lo sé. Los feroces críticos de este tipo de lecturas la tachan de escapista, de chabacana e intrascendente. De lectura, en pocas palabras, para idiotas.

Yo me pregunto, entonces, una novela como Soy leyenda, de Richard Matheson, ¿es una lectura menor? ¿Lo es La naranja mecánica de Anthony Burgess o El largo adiós de Chandler? ¿Puede leerse el cuento La rosa azul de Peter Straub o La política del cuerpo de Clive Barker sin estremecerse? ¿Es basura El señor de las moscas de William Golding? ¿O Rascacielos, de J.G. Ballard?

Eso, por no hablar de los roces con los subgéneros de Borges, Cortázar, Bioy Casares, Amado Nervo, Fuentes, José Agustín, Roth, Updike, Houllebecq, Auster, Pynchon, y hasta mi admirado Ignacio Padilla y Alberto Chimal, por dar dos mexicanos contemporáneos.

Y sin embargo, a estas alturas seguimos discutiendo sobre literatura mayor y menor. Aún me encuentro con gente que descalifica, por ejemplo, a Stephen King sin haberlo leído jamás.

Es cierto, hay mucha basura entre los estantes de la novela negra, la ciencia ficción y el cómic. Ya Theodore Sturgeon dijo alguna vez que el 90 % de lo que se publica es basura. Pero ello aplica también a la literatura general, la que no está en los estantes del urinal, como dijera Vonnegut.

Chale, ya me clave. Esta apología es estéril y por lo visto nunca acabará. Por eso cierro con lo que Samuel Delany, grande entre los grandes –como persona y como artista– dijo en la Semana Negra cuando tuve el privilegio de presentarlo en la charla que dio ante una multitud de amorosos lectores. Delany, hay que decirlo, dejó de escribir ciencia ficción hace treinta años y desde entonces escribe literatura seria. Siempre ha batallado con la etiqueta de ser un autor de género; cuando le pregunté si padecía esa etiqueta, contestó más o menos así:

Las etiquetas son herramientas. Lo importante es utilizarlas inteligentemente. Nos sirven para diferenciar el tipo de libros que leemos. Si quiero leer un western me ayudan para saber a qué estante dirigirme. Es un error suponer que las etiquetas son malas. ¿Acaso un martillo es malo per se? No lo creo.

Wow.

Cierro, citando al maestro Herrera de la Fuente cuando un periodista le preguntó cuál era la buena música (ya lo he contado, pero me encanta esta anécdota). El reportero seguro esperaba que le dijera que Mozart o Debussy o algo así. Con gran sabiduría, el célebre director de orquesta le dijo: “La buena música es la que a usted le gusta.”

Lo mismo, bendito sea el opio del pueblo, sucede con los libros.

Felices lecturas.

Ribofunk (sueños guajiros)

Wednesday, June 13th, 2007

La revista Newsweek publicó recientemente, en su edición digital, un artículo de Rudy Rucker sobre los alcances de la biotecnología en un futuro más próximo de lo que suponemos.

Para quien no lo conozca, Rudy Rucker es , además de matemático, un distinguido profesor de ciencias computacionales en la Universidad de San José, en California, y fundador, junto con escritores como William Gibson y Bruce Sterling, del movimiento literario cyberpunk en los años ochenta.

Nos encontramos ante el advenimiento de una revolución comparable con la digitalización que hemos vivido los últimos cinco lustros. En los próximos años veremos a la biotecnología intervenir cada vez más en nuestras vidas. Ya Michael Crichton en su novela Jurassic Park (1990) daba una voz de alerta respecto a las implicaciones catastróficas que puede tener el jugar a los dados con los genes.

Rucker toma una posición más relajada: “Supongo que eso (el hecho de que un organismo sintético se salga de control y devore todo cuanto existe en la Tierra) jamás sucederá.”

El autor se muestra escéptico respecto a que los organismos creados por los bioingenieros genetistas resulten mucho más eficientes que aquellos que han estado ahí durante millones de años. A cambio, se muestra oprimista respecto a las posibles aplicaciones de esta revolución tecnólogica (con la prospectiva que sólo un escritor de ciencia ficción podría tener).

Nos dice el autor: “algo que me gustaría serían unas bacterias radiosensibles etiquetadas individualmente que pudiera espolvorear alrededor de mi casa. Ya que estos ‘gérmenes URL’ estuvieran diseminados, podría googlear a través de todas las cosas que tengo— ¡se acabaron las llaves y los lentes perdidos!”
Wow.

Continúa Mr. Rucker preguntándose cuál es el sentido de construir casas cuando se podrían plantar: “La semilla es del tamaño de una pizza y crece rápidamente. Entiérrese en suelo húmedo y fértil y hágase a un lado. En pocos días tendrá una gran casa hueca con tuberías y cableado cultivados dentro de los muros, que vienen con todo y membranas transparentes para ventanas.”

Más aún, después de las evidentes aplicaciones médicas (”medi-gérmenes limpiando nuestras arterias”), Rucker está convencido de que nuestro futuro sintético nos depara grandes sorpresas para aquellos que quieran conjuntar la milenaria tradición de intervenir el cuerpo con la biotecnología.

Los jipitecas, nos dice, podría implantarse tatuajes vivientes hechos de colonias subcutáneas de algas (programadas para moverse o modificar periódicamente sus patrones). Los punketos podrían dejarse crecer collares de dedos alrededor del cuello con todo y uñas de colores.

Implantando la sensibilidad electromagnética de una anguila eléctrica en nuestros cerebros nos permitiría captar señales inalámbricas. Nuestros cerebros receptores de Wi Fi harían realidad el sueño de la telepatía y la posibilidad de conectar cerebros para pensar el paralelo.

Y más allá: nuestras mentes inalámbricas nos permitirían tener una mano extra independiente del cuerpo que pudiera caminar como un cangrejo para buscar cosas debajo de la cama o rascarnos la espalda o un globo ocular con alas.

Será posible tener agallas para vivir bajo el agua o dejarse crecer una espesa piel de oso polar para escalar montañas sin equipo alguno. Los atronautas se podrían convertir en esporas autosustentables que viajaran libremente por el espacio.

Las posibilidades, como señala Rudy Rucker, son infinitas y apenas comenzamos a atisbarlas.

Mmm. Interesante. Esto me da una idea para un cuento…

Carbón alterado (pequeñas sincronicidades)

Wednesday, June 6th, 2007

Altered Carbon

Hoy por la mañana fui a ver al hospital al buen Bachan. Desde el lunes y hasta el viernes estará en su sesión de quimioterapia.

Al entrar a la recepción, una mesa con libros llamó mi atención como debe hacerlo la miel a las moscas (lo siento, soy un bibliómano).

Se trataba de una pila de libros en inglés de segunda mano, donados por las damas voluntarias del ABC. Paseé la vista por entre los lomos, sabiendo que ahí, entre los libros de ocasión, NUNCA está el que andas buscando.

Me equivoqué.

Ahí, entre novelas de Tom Clancy y libros de superación personal, había un ejemplar de la primera edición inglesa de Altered Carbon, la novela debut de Richard Morgan. Libro que había buscado durante meses.

Conocí a Morgan en la Semana Negra de Gijón. Luego lo volví a ver cuando Rebeca y yo fuimos a la HispaCón de Dos Hermanas, Sevilla. Era uno de los invitados internacionales. Es un tipo sencillo y amable. Habla un español perfecto, producto de haber dado clases de inglés en Madrid durante varios años. Se supone que es de los autores que representan lo que los sajones llaman “the next big thing” en la ciencia ficción,l por su mezcla de novela negra y CF (mmm, ¿no hacían eso los cyberpunks primigenios?).

Pese a ello, no quise comprar el libro en la edición española. Las traducciones de allá son muy coloquiales, llenas de localismos.

De regreso de aquel viaje busqué sus libros en el aeropuerto de Heathrow. Nada. Luego lo busqué en un par de librerías gringas, sin éxito. Y de repente, ahí estaba, esperándome.

“¿Cuánto vale éste?”

“Quince pesos.”

Sólo puede ser un buen augurio.

Aviso parroquial: Bachan aún necesita donadores de sangre y plaquetas, estos últimos de tipo A+. Quienes puedan hacerlo, les agradeceremos que acudan al banco de sangre del Hospital ABC ( ver las indicaciones para donar sangre aquí ) con cuatro horas de ayuno e indiquen que es para Sebastian Carrillo, del cuarto 337. Muchas gracias de antemano.

Diez cuentos de ciencia ficción mexicana (una antología virtual, 2 de 2)

Monday, June 4th, 2007

Siguiendo con los cuentos de ciencia ficción mexicana que vale la pena leer:

6) “Ruido Gris”, de Pepe Rojo. Ganador del premio Kalpa en 1997, dado por los propios escritores del género, este es uno de los cuentos cortos más largos que conozco. En él, un narrador anónimo se implanta una cámara en la retina para transmitir en vivo noticias a una estación de Reality TV (todo ello escrito antes del boom de la nota roja en los medios mexicanos). En una reflexión descarnada sobre los mass media y nuestra relación con ellos, el entorno de simulacros en que vivimos y la paulatina pero implacable deshumanización que vive el espectador que observa una pantalla de TV, Rojo construye una historia de fuertes resonancias cyberpunk que a diez años de escrita sigue impactando al lector.

7) “Si tan sólo…”, de Gerardo Horacio Porcayo. Junto con José Luis Zárate (ver post anterior), Porcayo ha sido el gran referente del género en México desde mediados de los ochenta. Fue el autor de La primera calle de la soledad, primera novela cyberpunk mexicana, y es sin duda el más importante autor de historias de vampiros de nuestro país (ver su libro de cuentos Sombras sin tiempo o su novela Dolorosa para más señas). “Si tan sólo…” fue escrito para el segundo concurso de cuento “Creaturas de la noche”, cuando este certamen fue dedicado a los hombres lobo. A pesar de que Porcayo es un autor con muchísimas buenas historias, me quedo con ésta sobre un grupo de licántropos atrapados en… ¿un refugio nuclear? ¿una estación espacial? Un cuento que funde los temas recurrentes del autor, la ciencia ficción y la fantasía oscura, en una breve narración que por momentos remite a los momentos más oscuros de Julio Cortázar.

8 ) Se ha perdido una niña, de Alberto Chimal. Éste es el mejor cuentista de mi generación. Y nunca le ha hecho el feo al subgénero (si bien su obra es más inclinada hacia la literatura fantástica). El cuento de marras en una sutil pieza sobre mundos paralelos, donde a través del correo, Ilse, la protagonista, entra en contacto con una editorial de la Unión Soviética, en una realidad apenas sobrelapada con la nuestra donde el comunismo nunca deaspareció. Lleno de un fino humor y un toque melancólico para aquellos que crecimos en la Guerra Fría, es uno de los mejores cuentos mexicanos, dentro y fuera de la ciencia ficción.

9) “Perro de luz”, de Gerardo Sifuentes. Me cuesta trabajo decidir entre este cuento y “Radiotechnica Cantina”. En ambos, fuertemente influenciados por autores como Bruce Sterling y Jack Womack así como por una estética punk, los protagonistas hacen un viaje iniciático en medio de mundos devastados por la catástrofe, en búsqueda de respuestas. “Perro de Luz”, que ganó el primer lugar del concurso internacional de cuento de CF convocado por la Universidad de Santiago de Compostela en 1998, trata de una sociedad subterránea que vive confinada en interminables cavernas. Kolgate, el protagonista de este cuento iniciático, es enviado a buscar a una legendaria muer constructora de máquinas, acaso la única esperanza para que la humanidad abandone el subsuelo. Si Sifuentes fuera monero, sus cómics estarían llenos de poderosas imágenes dignas de Enki Bilal.

10) “Tijuana Express”, de José Luis Ramírez. Dos palabras: hackers cholos. Cyberpunk a tope, con una prosa que fluye como hip-hop, a medio camino entre la novela negra y la ciencia ficción. Releída años después de su publicación, su exactitud profética es espeluznante.

Todas estas historias están diluidas en fanzines, revistas, varios libros (muchos de ellos fuera de circulación o difíciles de conseguir)… Mmm. A lo mejor valdría la pena hacer una antología que los compilara. En cualquier caso faltaría algún autor más joven. ¿Alguna sugerencia?