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Archive for the 'Migración' Category

En Juárez

Wednesday, May 9th, 2007

La cucaracha, de d�a
La Cucaracha es el primer bar de México.

Al menos lo es si entras por el viejo puente internacional del Ciudad Juárez-El Paso, el que conecta el centro de una ciudad con el otro. En la primera esquina del país (o última, según se vea), ahí está, con un dibujo de Robert Crumb en la fachada.

Si vienes caminando un sábado por la noche de la tumultuosa Avenida Juárez, prima texmex de la Revu tijuanense, habrás de encontrarte a los personajes más extraños. Por sus banquetas circulan maras salvatruchas esperando poder cruzar, cholos hip-hoperos, cowboys mexicanos que oyen música grupera y vaqueros gringos que oyen country, metaleros trasnochados, darkies maquillados de vampiros, gringos borrachos, algunos soldados de Fort Bliss que cruzan la línea clandestinamente (lo tienen prohibido), trabajdores postadolescentes de la maquila buscando reventón, y cientos de borrachos que bien podrían trabajar de extras en una película de Alex Cox.

Pero apenas entras a la Cucaracha, pareces haber llegado a un oasis de silencio. Al cerrarse las puertas a tus espaldas, el ruido queda afuera, se va convirtiendo en un murmullo a medida que avanzas al fondo del largo local.

Una barra de varios metros de largo. Instrumentos musicales colgados de la pared. Se dice que Roberto, el dueño del changarro, es capaz de tocarlos todos.

Bernardo, mi guía, entra y saludo al viejo, que contesta con un gruñido. En él, me dice después mi tocayo, es señal de afecto.

Bernardo pide una cerveza. Yo, Sprite a falta de 7-up. En la rockola, cuatro canciones por un dólar, suena Nina Simone.

A su modo, el viejo es amable. Incluso afectuoso. Sirve una segunda ronda. Platica entusiasmado del pasado del local.

“Durante la prohibición”, dice con voz grave, “había un columpio que atravesaba el local, en el que se colgaba una mujer.”

Guarda un silencio elocuente. Los tres imaginamos el reventón que debe haber sido.

La intimidad es rota por una pareja de gringos borrachos. Roberto camina hacia ellos. “No service”, le espeta para correrlos. Son varios los que quieren entrar, nacionales y extranjeros, que son repelidos groseramente. No le gustan los turistas (ni los borrachos, parece). Yo siento ganas de ponerme de pie y aplaudirle.

Al poco rato llega una pareja, amigos de Bernardo, parroquianos de la Cucaracha. Con su afecto estoico, Roberto abre una botella de vino para los recién llegados. Poco después, llegan otros dos compas. Roberto se entusiasma hablando de los hermanos Marx. En un rato se arma la tertulia que, maldita sea, debo romper por ir a cenar con mi amigo Gemó.

“En serio, tocayo, quédate con tus compas. Dame un ráid y regrésate.”

“Cómo crees, vámonos, ¿Cuándo te vuelvo a ver?

Cenamos burritos en El Padrino, cadena de burrerías (¿se llaman así?) que abren hasta tarde. Pasa de la medianoche y llegan los clientes más extraños, desde un anciano que parece andar en coca hasta un hombre acompañado de una imponente morena de espléndida anatomía (dijera Miguel �ngel Granados Chapa) que resulta ser hombre.
Platicamos. De la ciudad, de la vida en El Paso (que es donde vive Bernardo). De una fiesta en la que estuvo la noche anterior que resultó ser el cumpleaños de Mónica Escuer, cuñada de Bachan que estudia en la Universidad de Texas. De los planes de Gemó y Susy, su esposa, de volver a México Central, de establecerse en Tizayuca y echar raíces. De la niñez nómada de Bernardo, repartida entre Guadalajara, Panamá y Colombia (su padre fabricaba máquinas para hacer paletas heladas, siempre acababan viviendo en lugares calurosos).

Los escucho fascinado. Oigo sobre los primeros paleteros que hubo en Panamá, todos tapatíos. Sobre los programadores de software hindúes que le hacen la competencia a la empresa de Gemó. Sobre la creciente paranoia con que se vive en los Estados Unidos. Sobre la tensa relación México-Texas. Sobre las ventajas de poner una empresa tecnológica cerca de alguna ciudad importante. Sobre la oportunidad de negocio desperdiciada por los programadores y desarrolladores de software mexicanos, tan lejos de dios y tan cerca de Estados Unidos. Sobre la vida misma, pues…

Nos separamos, con la promesa de volver a juntarnos. Quizá sea difícil que coincidamos de nuevo los tres. Al día siguiente, Gemó me llevará en su coche a Mesilla, en Nuevo México. Tenemos que despertarnos temprano.
Llego al hotel en la madrugada. Quiero hojear mis libros, el generoso botín que derramó Bernardo sobre el escritorio de mi cuarto. Tomo una novela de las de Ed McBain. Se llama “Mujeres”.

Y lo único que logra ese título es hacerme pensar en ti, tantos kilómetros al sur, durmiendo sola en una cama como ésta, que es más grande cuando tú no estás…

(Update: Gemó amablemente nos manda la foto correspondiente, tomada al día siguiente, camino a Mesilla, cuando la Cucaracha pierde su halo misterioso, como todas las damas nocturnas…)

¡Campeones!

Tuesday, April 17th, 2007

De acuerdo a una nota publicada ayer en la Jornada, México ocupa el primer lugar mundial en la exportación de trabajadores migrantes.

Tenemos el dudoso honor de ser el país con mayor porcentaje de su población económicamente activa desplazada fuera de su territorio.

Como destaca la nota, sobre un estudio del Banco Mundial, la migración “no debe tomarse como una receta para el desarrollo.”

Lo dramático, me parece, es que el fenómeno tiene muchas caras, ninguna de ellas agradable.

Entre 2000 y 2005, dos millones de personas salieron del país, básicamente hacia EE.UU. en busca de mejores condiciones laborables. Es vergonzoso que entre otras cosas, el mal llamado gobierno del cambio fue incapaz de generar fuentes de trabajo dignas para tan brutal cantidad de ciudadanos.

Desde luego, la responsabilidad histórica no puede recaer solamente en el gobierno panista. El abandono en que el PRI tuvo al campo desde tiempos de Salinas de Gortari no sólo creo gran pobreza sino que además nos ha hunidido en un rezago agronómico tal que ahora nos hemos convertido en importadores de cultivos que tradicionalmente se producían en nuestro país (¡y que exportábamos!).

Lo más irónico del asunto es que todos esos pepinos, jitomates, frutas y maíz gringos y canadienses son pizcados en su gran mayoría por trabajadores mexicanos, sub pagados, sin prestaciones y sometidos a terribles condiciones de trabajo.

El gobierno norteamericano ataca por un lado la migración ilegal, incluso construye muros para evitar que nuestra gente cruce hacia su lado, pero por el otro se hace de la vista gorda durante las temporadas de pizca y vendimia.

Nuestros compatriotas van en su gran mayoría a trabajar duro. No a pachangueársela.

Sin duda, el día que no vuelva a cruzar ilegalmente un solo mexicano más, las economías de California, Texas y Florida se colapsarán. ¿Quién se encargaría de cultivar sus naranjas? ¿Quién se dedicaría a aquellos trabajos que como dijo el ex presidente Fox, acertado como acostumbraba, ni los negros querían?

Por otro lado, ¿cuáles son las consecuencias de la migración en las comunidades mexicanas? ¿Cuál es el impacto social de las familias divididas, con los hombres y jóvenes de un lado, las mujeres (quienes también migran), los viejos y los niños de este otro? ¿Cuál será el perfil de una generación que creció a la sombra de las remesas?

Ahora hay más mexicanos viviendo fuera de su país que Chinos, Indios o Paquistaníes, países de migración tradicional hacia el primer mundo. Hay más mexicanos desplazados en Estados Unidos que Norafricanos en Europa. Lo cual no es ningún orgullo.

Vergonzoso, el país que hemos construido. Lo hemos hecho todos nosotros. Sí, también tú. Lo anterior sin hablar de la fuga de cerebros. ¿Quién será el último en irse, el que apague la luz al salir?

¿Porqué nadie está alarmado?