Enfermita
Wednesday, May 16th, 2007
Como todas las desgracias, llegó sin anunciarse. Un segundo antes del cataclismo, el mecanismo funcionaba con la precisión que ni siquiera los relojeros suizos alcanzaron a soñar antes de la era digital.
¿Qué hacÃa yo en ese momento? Como todos los instantes previos a las catástrofes, me ocupaba en una nimiedad cuando algo pareció reventar dentro de sus entrañas.
Un claqueteo ominoso sonó debajo del teclado. Del lado izquierdo. Ahà donde las máquinas tendrÃan corazón si fueran de carne.
Clac, clac, clac. Como el dolor pectoral que antecede un infarto.
Mi laptop se colapsaba.
Reinicié de inmediato. La máquina encendÃa, pero se trababa en la imagen de la manzanita que parecÃa observarme, burlona, desde la pantalla.
Llamé de inmediato al técnico. Llegó para llevársela como el bulto inútil de un cadáver. Dentro de sus tripas magnéticas iban varios proyectos inconclusos. Una portada para un libro en España. La imagen corporativa de un restaurante de Torreón. Una novela gráfica inconclusa. Una novela policiaca a medio escribir.
Sin ella, mi concha de cangrejo ermitaño de plástico, me siento desnudo. Era, ay, una G3 que habÃa iniciado su descenso por la espiral inexorable del equipo anticuado.
Sin embargo aún daba batalla. CorrÃa las últimas versiones del Painter y el Photoshop. No se amilanaba frente a la Wacom. Se conectaba alegremente a cualquier red Wi-Fi sin hacer caso de los achaques propios de la edad.
“Podemos recuperar la información”, dijo el técnico. “Sólo que tardaremos un poco.”
No puedo aplazarlo más tiempo. Hay una MacBook Intel Duo en mi futuro próximo.
Pero, carajo, escribà tres novelas en esa G3. Hice mis primeras ilustraciones digitales ahÃ. Me acompañaba a todos lados con fidelidad canina, sólo a cambio de una clavija eléctrica y de que la llevara en mi mochila. Mi esposa llegó a sentir celos de ella. Quizá ahora festeje en secreto.
Y es que no es lo mismo escribir en su curtido teclado, veterano de mil embates que en el teclado impersonal de la torre G4 que tengo en la oficina.
Lo sé, habÃa llegado el momento de cambiarla.
No sé, pero la extraño…
